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_____El blog de los Cuarentones

APODICTICA, PARA USTED

APODICTICA, PARA USTED ¿- ¿Qué me quiere, señor? - Niña, hoderte.
- Dígalo más rodado. ?Cabalgarte.
- Dígalo a lo cortés. -Quiero gozarte.
-Dígamelo a lo bobo. ? Merecerte.?
(Robado del cancionero general, recopilación de Hernando del Castillo).

Dulce señora,
si cantara usted de forma tan bella como bellamente escribe, jilguero le llamaría y le pondría de nombre Lucero. Lucero de la mañana, lucero del mundo entero. (Esto no sé de donde ha salido).

El relato que tuvo a bien dedicarme, de esa forma novelado, diriase soñado, o si no, inventado y centonado de un conjunto de audaces andanzas protagonizadas por vivencias de algunos burladores castellanos y andaluces. De esos seductores que nos cuentan los barrocos, puestos en la mente y en los dedos del cojito distinguido, de hábil regate corto y socarrónica tirada.
 

Ni qué decir tiene, señora, que, algún día, purgaré, sin duda, mis desmanes, expiaré mis desenfrenos y ruborizará mi semblante por desenfados y descaros pertrechados; pero deje usted que sea luego, cuando, de puro viejo, llegue a mi cuerpo la quietud mansa y adulta, y no se proponga usted imponer penitencia a la rebelde e inconsciente plenitud de mi albedrío y mis sentidos.

Me teje usted a base de inmoralidades, de vanas pompas y de venalidades fluctuantes a antojos mil de mil caprichos y pasiones. No me despeinaré en negarlo. Y esa crueldad en ristre que me deseáis, señora; esas docenas de judiadas que me aventuráis, deben ser, sin duda, producto de un olvido, de una involuntaria ofensa, de un imponderable o de una lerda indiferencia, pero nunca pueden ser por un rechazo meditado y a conciencia. Que si alguna vez os amé, si alguna vez amé a una dama, no fue sólo por el deseo de ver saciada mi lascivia, amorrado a sus pezones o a sus nalgas abrazado, sino por hacer un viaje acompañado, placentero y tierno, al otro lado del decoro. Más nunca hubo promesas de cien pactos, ni de uno solo.

 Todas las damas que con nombre de pila pone en su escrito, y que yo conozca, gran respeto me merecen. Sublimes todas, encantadoras, inteligentes y bellas, aunque todas diferentes; fraternal cariño y gran aprecio, sin reservas. Pero otra cosa es el deseo.

No me apetece ir desgranando su escrito frase a frase. Si usted lo cree así, tal cual dice, así lo dejaremos y no le quitaremos ni un ápice de su belleza, señora. Pero no me quedaré con las ganas de contestarle a dos cosas.

Esos dos rufianes de escuderos que me pone, se los cambio. Prefiero a gente como Sancho Panza o como Horacio o Catulo o Epicuro, y no dos botarates de medio pelo. Un obseso y bravucón de pro, que reparte fruslerías, maldades y tiranías. No quiero negocios procedentes de iniquidades y bribonadas. El otro, estrafalario ácrata de las ideas y de la vida, sería capaz de cambiar mi reputación, por una hogaza de pan tierno con un par de tragos de vino. Así que quédese usted con los dos, quizá les merezca más que yo, a su decir.
La segunda es que acepto. Le reto a usted a perdernos del mundo, usted y yo solos, sin ambages ni tapujos; solos, en un predio de los que nombra. Si al final del tiempo que nos demos, usted se mete a monja, juro votos y me hago asceta.

Non enim paranda nobis solum, sed fruenda sapientia est
 

Pérfido 

9 / 1 / 2005 

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