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_____El blog de los Cuarentones

¿QUIÉN DIJO QUE NO QUEDA AVENTURA EN NUESTRAS VIDAS?

¿QUIÉN DIJO QUE NO QUEDA AVENTURA EN NUESTRAS VIDAS?

   

El café de la máquina de café de mi oficina es malo como lo son todos los cafés de máquinas semejantes. A menudo he pensado que debería disciplinarme en la costumbre de ir de vez en cuando a tomar un café a aquel bareto en el que el "jefe" es un maestro llenando y apretando la cazoleta del café. Tiene una cafetera italiana. Desde que Eddy Merckx prestara su maillot de campeón a una de ellas, la referencia en cafeteras es Italia. Ese mercado, y el de Coliseos romanos, están copados por el mismo dueño.

Pero, mi oficina y mi bareto que es del "jefe" antes que mío, no están en la misma ruta, y no hay disciplina que pueda cambiar eso, a mi pesar.

Algunos días, el eje de caída del chorro del café dentro de la máquina y el del soporte que sujeta los vasos no están alineados, y entonces, varias (bastantes, muchas) gotas manchan el borde del vaso, y el lateral también. Y harían lo propio con mis dedos, si no fuera porque en una demostración de coraje y de velocidad felina, me hago con una servilleta de papel de un montoncito de ellas que hay encima de la máquina. Son de esas servilletas que hacen un escaso homenaje a la suavidad, de igual manera que lo hacía el papel higiénico "Elefante", que afortunadamente forma parte de la historia.

Pero aquel día tampoco había servilletas de papel. ¡joder, si es que cuando el día se tuerce! . Salgo despepitado hacia mi mesa con la intención de procurarme alguna ayuda. No es sólo el color marrón que mis dedos van adquiriendo. A estas alturas eso me da ya un poco igual. La nueva crisis se llama ¡la hostia, que me quemo! Nunca he comprendido por qué la temperatura del café tiene que ser semejante a la de una erupción volcánica. Es como si la máquina de café, a la que empiezo a suponer voluntad propia, quisiera poner a prueba la calidad del tejido de nuestro esófago. Además, el café está hasta el borde, naturalmente, con lo que el recurso de refugiar las yemas de los dedos en la parte superior del vaso es inútil.

Atropelladamente, llego a mi mesa y dejo el vaso sobre ella. Salvado.

Más tranquilo, me doy cuenta de que el culo del vaso sigue manchando. Entonces, un heroico post-it, en un generoso gesto de sacrificio, se ofrece como aislante.

El balance del desastre son dos cercos de café, uno en la mesa y otro en el post-it (éste ha resultado en una composición de tonos ocres sobre amarillo muy bonita, artística incluso), además de una pequeña ampollita en el dedo corazón de mi mano derecha. Tan pequeña que aunque yo sé que está ahí porque la siento rugir, es casi invisible y no me permitirá pedir consuelo ni provocar sentimientos de solidaridad hacia mi desgracia.

¿Quién dijo que no queda aventura en nuestras vidas?. No cambio un día como este, ni por todos los templos malditos de Indiana Jones.
 
Un saludo.

   

Louisville

28/12/2003

   

2 comentarios

Louisville -

Estamisma, me has dejado sin palabras. Bueno, me queda una: gracias.

Estamisma -

Recuerdo con añoranza los escritos de Louisville, mucho más cuerdo y caballero que la mayoría de los que sentaron sus reales por ese foro.

Espero que la vida le sonría.