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_____El blog de los Cuarentones

LAS CARTAS DE MATIAS

LAS CARTAS DE MATIAS

Nuestro amigo Matías (q.e.p.d), coleccionista de pelitos de chichi, fallecido en el asilo de Nuestra Señora de los Desamparados, dejó escrito en una servilleta de papel, que sus pobres pertenencias: un manojo de cartas atadas con un lazo color violeta fueran entregadas al autor de su existencia: un servidor.
Fui requerido por la madre Filomena, superiora del asilo, para hacerme entrega de lo que el pobre Matías me legaba, a lo que accedí de muy buena gana. Al fin y al cabo, Matías es como un hijo al que he creado si no con mi semen, si con el flujo de mi mente.

-Menuda pieza era Matías. –Me espetó la madre Filomena nada más llegar. ¿Sabe usted que el muy marrano se dedicaba a coleccionar vellos de pubis.
-Bueno. –Más que decir, balbucee. –No creo que eso hiciera mal a nadie. Los recuerdos si son gratos ayudan a sobrevivir.
No tenía ganas de discutir con la tal Filomena. Mujer de aspecto sombrío y de tétrica mirada, por lo que opté por despedirme una vez me hizo la entrega de aquello sobres de variopintos colores grisáceos y de aspecto muy añejo.

Una vez instalado en la confortabilidad de mis aposentos, llené la pipa de tabaco turco, el que solía fumar en aquellos acontecimientos que preveía como excitantes. Me intrigaban sobremanera aquel manojo de sobres sucios y llenos de manchas (seguro que de la sopa o de las sardinas en aceite que solían dar de comer); y con la circunspección propia que suelo adoptar en esos momentos, me dispuse a dar lectura a aquella gavilla de cartas con la seguridad de que iba a disfrutar de lo lindo.
Deshice el lazo violáceo que amarraba aquel haz y tome la primera carta. Un temblor extraño paralizó por un segundo mi mano. ¿Debería leer aquellas letras, seguramente para Matías sagradas y descubrir sus más íntimos secretos? ¡Bueno, pensé! Si su voluntad fue que me las entregaran, no sería para que las destruyera... Convencido de que Matías era lo que eso deseaba, extraje de aquel sobre pringoso un folio tamaño holandesa de papel muy fino. La letra, afortunadamente era muy clara, de caracteres tipo cursiva, escrita presumiblemente con un bic color azul.
Adopté una posición lo más cómoda posible en mi sofá de cuero y me dispuse a profanar aquel templo sagrado...

“Madrid, primero de Septiembre de 1965.
Mi muy ambicionada Mila “la devota”:
Hoy, se cumple 15 días, para mi 15 siglos, de le desdicha de tener que abandonar tus entrañables brazos y renunciar a seguir saboreando los zumos de tus frutales y aspirando el aroma de tus rosales. ¡Ay, mi devota! Mi amante remota e ignota; hoy la fiebre mis entrañas y mis esencian agotan. ¡Dios mío! Si grande fue la dicha de cruzar a Mila en mi camino, enorme es la pena de perder su destino. ¡Cuán cruel eres! Que das y quitas como los pétalos de una margarita.

Mila; mi dulce Locura: sólo y abatido en mi rincón me hallo; con tu imagen que por mi mente como una gacela loca trota que trota. Mis dedos acarician con primor los cabellos que con tanto esmero quedaron entretejidos en los revuelos de mi celo. Vellos de azabache, ensortijados y enredados en mis yemas que reflejan con ciego fulgor los rayos de luz de esta luna llena...

¡Oh Mila! Verte allí, abatida y rendida a mis huestes, inerte, con la mirada de tus hermosos ojos prendida por mis pinturas, maravillada y alucinada por aquellas colgaduras que reposarían en las fosas del sur de tu cintura.
En mis tímpanos resuenan como carillones aquellos gemidos que sin sentido salían de tus latidos al notar la fuerza de mis ..... horadar tu nido.
¡Triste consuelo! Aspirar hoy sólo el aroma de tus cabellos... ¡Pero qué más puedo...! Sé que se nubló para mi este cielo incruento... sólo lluvia y viento me espera... y los sonidos de mis lamentos.

Gracias a estos pelitos que guardo como el más preciado tesoro en un estuche de plata y oro; pelitos de tu coñito arrancados en el fragor de aquella batalla, harán que te recuerde de por vida. Esa es mi cruzada.
Adiós, amor mío. Siempre estarás en mi nido cual paloma alada. “

Entonces aspiré la última bocanada de mi pipa y me sentí feliz. Una extraña sensación de bienestar invadía mi ser. Matías había muerto como mueren los elegidos por la dicha. Eso hacía que me sintiera contento.

Volví a introducir aquel folio pringoso en su sobre y me dispuse a leer la siguiente carta, dirigida a una tal Cristina...

Castelar-

1/4/2004

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